


EL FUTURO
ENRIQUE V. VEGAS (TODO UN SEÑOR. GRACIAS POR QUEDARSE A FIRMAR)
GATA NEGRA.
LA MANOS DE ENRIQUE V. VEGAS
300 (HAY QUIEN SABE ELEGIR DISFRAZ)
ALFONSO AZPIRI
ANA MIRALLES y DIDIER CRISSE
BARTOLO TORRES y JOSE OLIVER
EL GADITANO INTERNACIONAL: CARLOS PACHECO.jpg)
RORSCHACH (CON POCO SE LOGRA UNA MARAVILLA)
RAMÓN F. BACHSS y CELS PIÑOL (dos maestros)
VICTORIA FRANCÉS (pregunten cual era la cola con más gente para firmar)
LOS ADOLESCENTES NUNCA TIENEN FRENO. BIEN POR ELLO


No lleva la hebilla del cinturón bajo el ombligo. No me había fijado antes en ese detalle. Siempre va sentada cuando la veo. Hoy no. Hoy iba de pie. La hebilla está desplazada hacia su derecha. Descansa sobre una cadera en la que nunca había reparado hasta esta mañana. Es perfecta. Como su respiración. Rítmica, pausada, suave. Distinta al aglomerado de nervios que inunda hoy el vagón. Mucho estudiante creyendo estar jugándose un futuro [Espejismo]. El futuro está ya más que fijado por las multinacionales que harán de ellos unos completos y globalizados anónimos, con hipotecas que les esclavicen, y necesidades adictivas e inexistentes, convertidas en vitales gracias a la maquinaria imparable de la publicidad. Pero no es necesario que lo sepan aún. Son felices. Yo también hice exámenes.
Cada tres días lleva un libro distinto. Deduzco que es más rápida que yo leyendo porque estoy con Deseo de Elfriede Jelinek desde el lunes pasado. Demasiado tiempo. No hay sintonía.
Anoto mentalmente los títulos que pasan por sus manos desde que observé que compartíamos la forma de subrayar los libros. Portaminas Faber-castell, marca-páginas a modo de regla improvisada y la habilidad para subrayar en movimiento. Hay libros en los que sólo he subrayado una frase. Pero esa frase vale el libro entero. En serio. Ella ha empezado la semana con Trabajo de campo de Rachel Seiffert. Ha subrayado mucho. ¿He sentido envidia o deseo?. No reconozco el límite que los diferencia. Y menos cuando me he dado cuenta que ella miraba mi libro.
Es un instante. Siempre es sólo un instante. Nuestros ojos se cruzan. Y vuelvo a hacerme la pregunta de siempre.
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Leonard Cohen - Please don't pass me by (a disgrace)
Tan distantes como los desconocidos que se sientan en ambos lados de un banco metálico al pasar los tornos de la estación de RENFE. Tu última visita me dejo tan jodido como estaba. No ha servido de nada el tiempo y la distancia. No han servido para nada las charlas tecleadas y los tropiezos en otros cuerpos que quisieron suplantar al tuyo. Seguimos igual. En el mismo punto que lo dejamos. En el final. No aprendemos. A pesar de que pongamos los medios.
Lo que pasa es que no nos queremos y basta.
Si, será eso.
Entonces, ¿lo dejamos?
¿El qué?
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¿Han probado a llevar los cascos puestos pero con el reproductor apagado?. La gente se siente protegida por la música que creen escuchas y se sueltan, hablan como si no estuvieras presente. Como si realmente no estuvieras allí. No es como llevar gafas de espejo de esas que se pusieran de moda tras Top Gun y que han vuelto al mercado por necesidad de sacar al mercado un stock que había quedado relegado a la segunda línea de cajas de cualquier almacén en Vietnam de Sun planet o Ray-ban. Con los cascos no eres una amenaza. Los secretos seguirán siéndolo, El mensaje sólo llega hasta la persona al otro lado del móvil, y el adolescente no se averguenza de balbucear palabras de amor a su pareja. El pedido de juguetes eróticos para el Hollywood center, la falsificación de una firma en una petición de pensión alimenticia, la discusión absurda por un anillo que ha perdido el color y el valor. Rutinas.
Me siento un violador. Algunos no sobrepasan los decibelios del susurro. ¿Lo peor? me gusta. Quien sabe, tal vez mañana lo vuelva a hacer. Me fijaré en todos los que llevan cascos. Cuestión de contraespionaje.
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Retomo esta noche la canción que corté en el andén Bob Dylan - One of us must know (sooner or later)
Vuelve Billy Corgan. Pero vuelve el que pagaba mis insomnios en el 95, y no este nuevo grupo que al que no quiero conocer. Me recuerda que vivo en otra década. Vuelve en las palabras que unos hiperconectados con su ficticia historia personal traen a este presente, no tan futurista como me prometieron en las películas de los 80s. El mundo estallará si. Pero no con armas nucleares. Aunque algún ordenador dejará constancia de nuestro destino.
Tonight, Tonight sonaba cuando con 19 años aún mantenía la resaca de las noches del 92. Aquel año el chalet de tus padres era un cine al aire libre gracias a Curro y su “Expo”. Te dejaron sola. Nosotros y el alcohol no. El pueblo era más grande que Nueva York, donde quiera que estuviese. Estábamos allí para celebrar lo jóvenes, guapos y atrevidos que éramos. Y cualquier tontería era útil para demostrarlo. Las canciones no tenían sentido aunque tu se lo vieras. Cazarras y María fueron los primeros. Luego fueron los demás. A mi me daba reparo hacerlo en la cama de tus padres. Pero quería sentirte. Fue la primera vez. Fue la mejor.
No había criterio para las películas. Tampoco para las bebidas. Pero las recuerdo todas. También recuerdo lo difícil que fue arreglar la piscina y limpiar la casa dos días antes de que volviera tu familia. Creo que lo que más recuerdan en el pueblo fue nuestra ultima noche donde trasladamos la fiesta a los escalones de la plaza. Tres años después nada de aquello tenía sentido. Pero las canciones si. Como tu siempre dijiste.
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Someone Somewhere In Summertime de Simple Minds de fondo. Varias veces.
Sábanas blancas sobre nuestra cabezas. Tirados en la azotea con un jardín de colillas de alfombra. En Montecarlo follan a ritmo de House dices y yo sólo pienso en montañas rusas y agua mineral. Oigo la lavadora dar sus últimos gritos. El dinero aún no llega. Los proyectos gustaron pero el dinero no fluye. En la creación era más sencillo. El Verbo hablaba y las flores nacían y tenían nombre. Yo creo. No soy Dios pero pongo nombre a las ventas. Y el dinero no llega.
Hablas de Jan, Marta y Elena. De su viaje a Sun Valley. El sonido embisagrado de las puertas no me deja escucharte. A Morrison si. Pero él es Morrison y tu tres meses de sexo sin parar desde aquella noche en el Shôko.
Idaho suena a road movie sin ideas. Suena a anuncio. Suena a turistas cansadas de resorts cubanos. Ni siquiera dominan el inglés recuerdo. En mi cabeza un nombre, Ed Gein. Necesito esas vacaciones ya.
El viento corre un poco más ahora. La lavadora acabó. A estas horas Barcelona ya no es azul y los niños franceses han tomado la calle. Me fumo el último. Dieciséis minutos.
Voy a hacer la cama. Por si insistes en hacerlo esta noche de nuevo.
Ayer cumplí años. Como antes de ayer, el sábado pasado o el miércoles de la anterior semana. Aunque, al parecer, oficialmente mi cumpleaños es hoy.
Nada ha sido diferente esta mañana. Costaba abrir los ojos y desperezarse como los otros 365 días del año. En el metro todo ha sido igual. Igual de insípido que la fibra que ahoga la leche de mis desayunos. Aquí abajo el anonimato se agradece. Nadie se levantará a felicitarme. Me siento bien así.
Estoy por desconectar el móvil. Las llamadas familiares son calcos a las de años anteriores, con la salvedad de mis respuestas, cada vez más toscas y proclives a recortar la conversación en cuanto me es posible. Tampoco recibir los mensajes de mis “ex” me activa como debería. Con el paso del tiempo saben más a fracaso personal que a piruleta de fresa.
El año pasado, el 5 de Julio fue un día de mucho trabajo. Nadie reparó en la fecha. Y aunque agradecí el descuido por no tener que escuchar las gracias del jefe, ni aguantar los abrazos y besos de compañeros (con su complejo de falsa familia), ahora parecen querer compensar el olvido recordándomelo hasta la saciedad días antes, durante y después de la fecha. ¡Dios que cruz!
Tengo claro que al final de este día me sentiré tan vacío como siempre. Como cualquier otro días más. Pero seguro que más pesado. Más cansado. Si, eso, más cansado.
No creo que cumplir años sea malo si tenemos en cuenta que la alternativa es poco o nada deseable (morir me aterroriza), pero celebrarlo (al menos para mi) me parece un poco, no se, absurdo. Cumplo años cada día. Soy un poco más viejo. No se si más adulto. Conmemorar que me queda cada vez menos (estadísticamente hablando) para rellenar el hoyo, pues no se, no me parece de recibo.
Y lo más extraño es que cuanto más me alejo de mi infancia más recuerdos de esta etapa abordan mi cabeza. Veranos de pueblo sin playa. Pero con río. De esos que iban y venían en función de que el embalse abriera o no compuertas.
Los paseos en bici. Las carreras en bici. Las ostias en bici.
Todas las noches tirado en la plaza del pueblo o en la eras, con esos amigos paraporsiemprejamas, hablando de tonterías. Sin alcohol, sólo con energías y falta de sueño. Hasta que las madres, que paseaban por el pueblo y sus afueras como si de un rebaño se tratara, nos llamaban a casa. ¡A dormir que ya es hora!
Tontear, Con poco o ningún éxito, con las chicas. Las hijas de otros vecinos que, como mi padre, marcharon de su pueblo en busca de algo mejor, pero que cada año eran fieles a su reencuentro con el pasado. Con sus raíces.
Esas travesuras sin más consecuencia que un tirón de orejas y unas risas, a nuestra costa, de todos los del pueblo en el bar, cualquier domingo tras la misa por la bronca que nos daban nuestros padres.
No se porque recuerdo todo tan nítidamente mientras mi cabeza vibra apoyada en el cristal del autobús. De este 629 que me aleja de la felicidad y la despreocupación y me transporta como cada día al aburrimiento y al esfuerzo.¿Nostalgia?. Tal vez. Yo creo que es frío. Frío en este verano globalizado a golpe de aires acondicionados.